Friday, March 4, 2011

El lugar equivocado

Cuentan que una bella princesa estaba buscando consorte. Aristócratas adinerados señores habían llegado de todas partes para ofrecer sus maravillosos regalos. Joyas, tierras, ejércitos y tronos conformaban los obsequios para conquistar a tan especial criatura.
Entre los candidatos se encontraba un joven plebeyo, que no tenía más
riquezas que amor y perseverancia. Cuando le llegó el momento de hablar, dijo: "Princesa, te he amado toda mi vida. Como soy un hombre pobre y no tengo tesoros para darte, te ofrezco mi sacrificio como prueba de amor: estaré cien días sentado bajo tu ventana, sin más alimentos que la lluvia y sin más ropas que las que llevo puestas... Esa es mi dote..."
La princesa, conmovida por semejante gesto de amor, decidió aceptar:
"Tendrás tu oportunidad: si pasas la prueba, me desposarás".
Así pasaron las horas y los días. El pretendiente estuvo sentado, soportando los vientos, la nieve y las noches heladas. Sin pestañear, con la vista fija en el balcón de su amada, el valiente vasallo siguió firme en su empeño, sin desfallecer un momento. De vez en cuando la cortina de la ventana real dejaba traslucir la esbelta figura de la princesa, la cual, con un noble gesto y una sonrisa, aprobaba la faena. Todo iba a las mil maravillas. Incluso algunos optimistas habían comenzado a planear los festejos. Al llegar el día noventa y nueve, los pobladores de la zona habían salido a animar al próximo monarca. Todo era alegría y jolgorio, hasta que de pronto cuando faltaba una hora para cumplirse el plazo, ante la mirada atónita de los asistentes y la perplejidad de la infanta, el joven se levantó y sin dar explicación alguna, se alejó lentamente del lugar.
Unas semanas después, mientras deambulaba por un solitario camino, un niño
de la comarca lo alcanzó y le preguntó a quemarropa: "¿Qué fue lo te que ocurrió? Estabas a un paso de lograr la meta... ¿Por qué perdiste esa oportunidad? ¿Por qué te retiraste?".
Con profunda consternación y algunas lágrimas mal disimuladas, contestó en
voz baja: "No me ahorró ni un día de sufrimiento... Ni siquiera una hora...
No merecía mi amor".

Moraleja
El merecimiento no siempre es egolatría, sino dignidad. Cuando damos lo mejor de nosotros mismos a otra persona, cuando decidimos compartir la vida,
cuando abrimos nuestro corazón de par en par y desnudamos el alma hasta el
último rincón, cuando perdemos la vergüenza, cuando los secretos dejan de
serlo, al menos merecemos comprensión.
Que se menosprecie, ignore o desconozca fríamente el amor que regalamos a
manos llenas es desconsideración o, en el mejor de los casos, ligereza.
Cuando amamos a alguien que además de no correspondernos desprecia nuestro
amor y nos hiere, estamos en el lugar equivocado. Esa persona no se hace merecedora del afecto que le prodigamos.

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